Casa de aldea Family Astour

Leyenda de “Le pont qui tremble” (El puente que tiembla)

Aguas arriba del temido “pont qui tremble” había un molino en el que vivía un viejo molinero con su bella hija.

Quiso el destino que, una tarde de lluvias torrenciales y embravecido mar, el carruaje en el que viajaba un noble francés (peregrino hacia Santiago) sufriese un pequeño descalabro a causa, sin duda, del tiempo infernal que hacía llegar las olas del mar hasta el mismo puente (entonces de madera) y había levantado algunas tablas del suelo.

El buen molinero dio cobijo en su casa al noble y a sus criados mientras duró la tormenta y repararon el carruaje.

Al joven francés no le pasó desapercibida la belleza de la molinera y tuvo para ella frases galantes, llenas de ternura, que hicieron latir el corazón de la muchacha. Pero… “después de la tempestad viene la calma” y, con la bonanza del tiempo, el peregrino francés siguió su viaje.

La hija del molinero bajaba todos los días hasta el puente, por ver si volvía aquel francés que se había llevado con él un trozo de su corazón. Un día, allá a lo lejos, por entre el tupido bosque de castaños, robles, abedules, acebos… le pareció ver el carruaje esperado con tanta ansia. Salió al camino, agitó su mano, su cara se iluminó con una sonrisa; estaba llegando al puente aquel peregrino con el que soñaba desde el momento en que le había conocido.

El peregrino era el mismo, pero en esta ocasión el sol brillaba en lo más alto y el mar estaba tan quieto que no se escuchaba el romper de las olas en los escollos cercanos, y así que el carruaje pasó con cautela sobre el puente, empezó a subir rápidamente, alejándose del lugar sin que el francés dirigiese siquiera una mirada a la joven, que sintió una angustia tan grande que creyó morir.

Poco a poco la angustia se tornó en melancolía y esa melancolía hacía que la bella molinera bajase a sentarse en una gran piedra, allí donde confluyen las aguas del río Cabo y del río Avellano.

Una de aquellas interminables tardes en que pasaba las horas mirando el transcurrir del agua, vio, reflejándose en el río, el rostro de un joven. Levantó su mirada y se encontró a un muchacho con las ropas desgarradas, lleno de heridas y que apenas tuvo tiempo (antes de caer desmayado) para explicarle cómo, estando de pesca, de pronto se enfureció el mar y al querer llegar al entonces puerto de Cadavedo, su barca fue a estrellarse contra unas rocas (Los Rubiones) y él como pudo alcanzó la costa.

La joven gritó pidiendo ayuda y, mientras llegaban a socorrerlos, lavó cuidadosamente las heridas del pescador. Recordaba la molinera las historias que contaban los abuelos del lugar relacionadas con las “aguas milagrosas” del río, que curaban todo tipo de males. No servía el agua de cualquier lugar, no, tenía que ser justo donde llegaban las aguas del río Avellano y se unía a las del río Cabo. Allí en la confluencia de los dos ríos, introdujo repetidamente su pañuelo, hasta dejar limpias las heridas del muchacho.

Una vez más, el viejo molino de piedra fue testigo mudo del buen corazón de sus habitantes, que cuidaron solícitamente al pescador. La molinera bajaba diariamente a llenar una penada de “agua milagrosa” y con ella lavaba al herid y también calmaba su sed.

Cuenta la leyenda que a la vez que el joven sanaba de sus heridas físicas, ella curaba las heridas del corazón.

Del rostro de la joven molinera huyó la melancolía y otra vez el brillo de sus ojos inundó su bello semblante.

Las milagrosas aguas habían unido para siempre al pescador y a la molinera.

Leyenda recuperada en 1993 por María Regla Rico Iglesias (Mary Rico- Villademoros) Asociación Amigos del Camino de Santiago Valdés- Luarca

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